sábado, 17 de marzo de 2012

We need to talk about Kevin (2012)

Por Juanmez: ***

Nada más comenzar la película aparece una mujer arrastrada por la multitud en la famosa fiesta de la Tomatina buñolense. El color rojo invade la celebración y se va apoderando de ella paulatinamente como si estuviese siendo masacrada. Con esta significativa secuencia de apertura se sobrentiende que nuestra protagonista está atravesando un auténtico calvario…

¿De dónde procede este sufrimiento? Eva (Tilda Swinton)  decide junto a su marido (John C. Reilly) tener un niño después de muchas dudas al respecto. Quizás esta indecisión es una de las causas por las que Eva identifica desde un primer momento al bebé con una atadura que le impide disfrutar de determinados placeres a los que ella está acostumbrada. Como le sucede a muchas madres primerizas, al principio le cuesta trabajo cuidarlo (no es fácil soportar llantos y cambiar pañales). ¿Es posible que ese rechazo inicial condicione o afecte a una criatura tan pequeña hasta el punto de volverse perversa con el ser que lo trajo al mundo? Sea como sea, Eva se esfuerza al máximo para criarlo y educarlo con cariño, pero pronto se da cuenta de que es en vano, pues a medida que su hijo Kevin (Ezra Miller) va creciendo, empieza a desarrollar un odio visceral hacia ella que va aumentando inevitablemente con el paso del tiempo.

Son varias razones de peso las que llevan a Eva a pensar que en los oscuros y vacíos ojos de su hijo reside el mal personificado. Sin embargo solo ella parece apreciar la mirada diabólica que se esconde detrás de sus terribles actos, ni siquiera su impasible esposo la apoya porque, lógicamente, a cualquier padre le cuesta aceptar así porque sí que su hijo sea la encarnación del mal. Además cuando a Kevin le interesa, muestra una actitud angelical que hace imposible pensar que haya una pizca de maldad en él.

“We need to talk about Kevin” plantea una cuestión turbadora: ¿existe el mal innato? En este caso particular no hay muestras de negligencia parental, pues somos testigos de cómo Kevin recibe amor en su infancia por parte de sus padres, y a pesar de ello se acaba convirtiendo en un engendro incorregible. Por tanto cabe preguntarse si hay personas que son malas por naturaleza independientemente de las influencias positivas que reciban en su entorno, al igual que existen personas altruistas dedicadas a ayudar a los demás. Tal vez Kevin se comporta así porque ha experimentado algún trastorno que en apariencia puede pasar inadvertido en su ámbito familiar. Incluso puede darse la posibilidad extrema de que sea un egoísta redomado que actúa como un canalla con el único objetivo de preocupar a su madre, haciendo que se sienta culpable porque en el fondo quiere que le dedique toda su atención exclusivamente a él. Queda patente que los motivos pueden ser infinitos, pero la película deja este asunto en manos del espectador, optando por mostrar las consecuencias de la complicada situación, que como es de suponer, son nefastas…

Aparte de su asfixiante atmósfera y su magnética estética visual (con una fotografía en la que predomina el color rojo, reflejo inequívoco de la pasión y la muerte a partes iguales), lo más destacable del film es el acierto en el casting, ya que Tilda Swinton y Ezra Miller son tan parecidos físicamente que podrían pasar por madre e hijo en la vida real. Ambos ofrecen unas interpretaciones inquietantes que estremecerán a más de uno (de hecho hay veces que las poses de Miller guardan cierto parecido con las que ponía el actor que interpretaba al diabólico Damien en “La profecía”).

En resumen, una película ambiciosa que podría haber sido más interesante todavía si no hubiera recurrido a la innecesaria utilización de saltos temporales que restan intriga a su trágico final.

Lo mejor: El enfrentamiento actoral entre Swinton y Miller.

Lo peor: Un desenlace ausente de sorpresas.