jueves, 22 de diciembre de 2011

Retrospectiva: La cena de los idiotas (1998)

Durante las fiestas navideñas apetecen mucho las comedias ligeras de enredo, de esas que uno puede acompañar con una copa de vino y algún que otro mazapán entre sorbo y sorbo. Así que, si no la habéis visto, os recomiendo encarecidamente que le echéis un ojo a “La cena de los idiotas” de Francis Veber, película francesa del año 1998 acertadísima para pasar una buena tarde de risas con la estufita (o mantita en su defecto).

La cinta versa sobre un grupo de amigos de elevada posición que comparten un hobby bastante cruel: organizar cenas con el fin de burlarse a costa de otros comensales que han sido invitados expresamente por ser considerados rematadamente idiotas, siempre bajo el punto de vista de los anfitriones lógicamente.

El prestigioso editor Pierre Brochant es uno de los organizadores del evento y concierta un encuentro con su víctima antes de la cena para conocerlo personalmente. El inocente en cuestión es François Pignon, un funcionario de Hacienda escogido únicamente porque su pasatiempo favorito consiste en fabricar maquetas de monumentos emblemáticos con cerillas, una extravagante afición de la que Brochant y sus amigos piensan pitorrearse en la cena sin reparos. El pobre Pignon no duda ni un segundo en acudir a la cita después de haber sido tentado (o mejor debería decir engañado) por Brochant con la posibilidad de publicar un libro ilustrado que recoja todas sus creaciones. Sin embargo, cuando el señor Pignon llega ilusionado a casa del señor Brochant se encuentra con que éste padece un ataque agudo de lumbalgia, un giro inesperado que le impedirá acudir a la cena.

A partir de aquí, Pignon tratará de ayudar a Brochant en todo lo posible, pero no hará más que causarle problemas en su apartamento; testigo forzoso de una serie de malentendidos (cada cual más disparatado y patético) que invitan a reflexionar sobre quién es realmente más idiota de los dos. Un guión eficaz que destaca por sus situaciones y personajes pintorescos (como la ninfómana amante de Brochant o el meticuloso colega de Pignon en Hacienda) es el incentivo primordial de esta jocosa bufonada, con el añadido de que su duración es de hora y media escasa, por lo que es muy difícil que se haga aburrida.

Siempre he pensado que para que una comedia funcione es imprescindible contar con la presencia de profesionales en la materia, pues hacer reír es una cualidad que no está al alcance de todos. Por suerte, el reparto de “La cena de los idiotas” está nutrido de intérpretes que conectan con la audiencia en un santiamén, destacando al sensacional Jacques Villeret (quien da vida al señor Pignon).

Por si fuera poco, se puede extraer una provechosa lección tras su visionado: antes de mofarse de los demás, debería ser obligatorio mirarse al espejo por las mañanas. Si al hacerlo detenidamente somos honestos con nosotros mismos, en ese instante reconoceríamos que somos tan idiotas (o más si cabe) como aquellos a los que infravaloramos por culpa de nuestros malditos prejuicios. ¡Qué fácil es criticar lo ajeno y qué complicado es aceptarse y aprender a reírse de uno mismo!