martes, 10 de mayo de 2011

Retrospectiva: Marathon Man (1976)

Los 70 son el mejor regalo que recibió la historia del cine. De esta enorme época salieron grandísimas películas que revolucinaron la forma de hacer cine. Directores formados en escuelas y universidades se impusieron al cine Hollywoodiense anterior, y empezaron a grabar películas de corte más realista y más crudo, donde Los Ángeles y su magnificiencia no eran el centro de atención, sino que la acción se trasladó a Nueva York, con sus calles violentas, Wall Street, barrios oscuros y persecuciones; a San Francisco, con sus famosas calles empinadas o a Chicago y su conocido metro exterior, además de la evolución que sufrió el cine europeo. Bajo mi punto de vista, la ciudad formaba parte del reparto actoral, y su manera de ser enfocada podía cambiar radicalmente el guión y el punto de vista de la película.
Sin duda los 70 tenían un color especial. No sé suficiente sobre técnicas cinematográficas, pero el uso de distintos filtros y trucos o movimientos con la cámara se convirtieron en el pan de cada día. Si vemos una película de los 70 sin saber de qué año es, sin duda decimos: 'vaya, una de los 70'.
Pues Marathon Man es una de éstas. Dirigida por John Schlesinger, director de 'Cowboy de medianoche', en 1976 gracias al guión de William Goldman adaptando su propia novela, y protagonizada por un trío actoral sublime y a la vez extraño: Dustin Hoffman, Roy Schneider y Laurence Olivier.

Se puede hablar largo y tendido sobre la capacidad actoral de los tres, pero ya se ha escrito mucho sobre ello. Así que nos centramos en la historia. Lo más curioso de la película es su enorme introducción que dura casi cuarenta minutos, donde nos presentan a los tres personajes y nos cuentan qué hacen en su vida. En la siguiente media hora aprendemos cuáles son sus relaciones y a qué profundidad llegan, y el resto de la película es un enorme desenlace cargado de acción. Este original planteamiento no es muy propenso a observarse, pero la cinta adquiere una notoriedad por su arriesgada propuesta. Se consigue así una atención mayor, ya que durante la introducción prestamos atención a cada movimiento de los personajes, a su entorno, siempre exultante y muy diverso (París, Nueva York y una selva rara supuestamente situada en Uruguay) y a unos diálogos bastante interesantes. Además los personajes parecen esconder secretos, que aunque no se muestran claramente al espectador, sin duda se adivinan por su inquietud constante...y por el coche bomba que le ponen a Roy Schneider.

Prefiero no hablar del argumento de la película, ya que es bastante escueto y la gracia reside en la forma de llevarlo a cabo. Es ésta una película de entornos, donde la ciudad de Nueva York, como es natural en el cine setentero (Lumet y Scorsese lo saben bien) cobra especial protagonismo, siendo su noche de vital importancia. Es además una película de actores y de diálogos inteligentes e intensos, de personajes, como suelen decir los pedantes, dimensionales y con escenas de acción distintas a las que estamos acostumbrados a ver hoy en día, digamos que más caseras y a la vez más creíbles. Son inteligentes y en los momentos exactos. Es gratificante ver una película tan entretenida. El espectador sabe que algo raro se cuece, pero nunca se llega a adivinar del todo. Esta película es un ejemplo de un thriller inteligente y bien pensado, con una subida in crescendo de la acción y la tensión hasta llegar al clímax. Un thriller de verdad.

Concluyo recomendando esta película encarecidamente. Cine setentero del bueno bueno, del de Nueva York en su máximo grado de asquerosidad, sumado con un poco de cine político, intrigas (al más puro estilo Bourne), acción y persecuciones, amén de una escalofriante escena que algunos recordarán, protagonizada por un dentista y su taladro, ya en los anales del cine.