jueves, 17 de marzo de 2011

Retrospectiva: El diablo sobre ruedas (1971)

Cuando vi esta película por primera vez era demasiado pequeño como para saber que supuso el debut de Spielberg como realizador, pero sí recuerdo que su visionado me caló muy hondo. Hace poco la revisé de nuevo porque me apetecía y me volvió a dejar igual de impresionado que la primera vez, podría decirse que es una “road – movie” que ha envejecido bastante bien y que el tiempo no ha maltratado como a otras. De hecho, cierto tipo de público la ha encumbrado incluso a la categoría de “película de culto”.

Concebida inicialmente para la televisión, fue tan alta la calidad de “El diablo sobre ruedas” que terminó proyectándose en pantalla grande. En mi opinión, el ingrediente clave de su éxito radica en la extrema sencillez de la historia: un hombre normal y corriente (interpretado eficazmente por Dennis Weaver) conduce tranquilo por las carreteras de EEUU, cuando se percata de que está siendo perseguido incesantemente por un camión cisterna (dirigido por un maniaco sin identificar) que pretende acabar con su vida sin un motivo aparente.

Filmada con un presupuesto bajísimo en un tiempo récord de 13 días aproximadamente, el joven y audaz Spielberg ya apuntaba maneras con esta trepidante cinta que te deja sin aliento y te pone de los nervios desde el minuto uno. Son escasas las secuencias en las que el espectador puede relajarse entre tanta tensión, destacando una en la que el protagonista reposta en una gasolinera y otra en la que para a comer a un restaurante; no obstante en ambas la intriga permanece...

Además de tener un montaje espectacular (es digno de mención el uso continuado del zoom en algunos encuadres) y una música minimalista a la par que efectista, es realmente interesante cómo se consigue materializar la sensación de miedo en un simple camión, a cuyo conductor no le vemos el rostro. Esto para mí es, sin duda, lo más asombroso y curioso del rodaje, ya que Spielberg se las ingenia utilizando cualquier obstáculo para impedir que el protagonista (y por ende, el espectador) logre ver al conductor del siniestro vehículo. Como hizo en “Tiburón” posteriormente, el director explota el miedo a una amenaza desconocida; sólo un maestro de la dirección como él consigue crear de manera convincente una atmósfera cargada de suspense únicamente con un camión que enciende las largas delanteras en la oscuridad de un túnel.

Mi escena preferida es aquella en la que el protagonista intenta llamar a la policía en una cabina telefónica y el camión se dirige sin piedad hacia ella para derribarla con él dentro. Esto se debe quizás a mi debilidad por las cabinas de teléfono en el cine, es un recurso que siempre ha dado mucho juego y me encanta (“Los pájaros” de Hitchcock, “Última llamada” de Schumacher o “La cabina” de Mercero sin ir más lejos son ejemplos muy conocidos donde las cabinas tienen un papel crucial).

Algún tiquismiquis podría decir que se hacen muy redundantes y cansinos los planos en carretera, pero creo que sería una queja con poco fundamento porque al tratarse de una persecución de coches, es casi imposible no repetir planos, máxime cuando la película dura 90 minutos (¡ya es una hazaña admirable conseguir que el film no aburra de por sí!).

A lo mejor esta película en concreto no ocuparía un lugar destacado en la selecta estantería de obras maestras de muchos cinéfilos, pero desde luego ya quisieran la mayoría de directores noveles debutar con óperas primas igual de brillantes como lo fue “El diablo sobre ruedas” en su día. Es lógico que tito Spielberg se convirtiera en el Rey Midas de Hollywood: vende al público lo que le gusta desde que comenzó su carrera, y encima sabe hacerlo mejor que nadie.

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