domingo, 24 de octubre de 2010

Rabia (2010)


Acabo de ver el film ganador del Festival de Málaga en 2010 dirigido por el ecuatoriano Sebastián Cordero, quien expone una visión muy sesgada y personal de la inmigración latinoamericana en España. Sinceramente la cinta me tiene desconcertado porque no sé muy bien si trata simplemente de contar una historia en la que la inmigración sirve tan solo de telón de fondo sin importancia; o si aprovecha este elemento para hacer una velada denuncia social. Me decanto más por la segunda opción. ¿Por qué? Pues porque pienso que al escoger a una pareja inmigrante como la protagonista del film, da la sensación de que se pretende transmitir parcialmente la cruda realidad en la que viven muchos de ellos en nuestro país. Está claro que podría prescindirse de ellos sin que el argumento se viese afectado, pero entonces habría menos tela que cortar…

¡No leer si no se ha visto!

José María (interpretado por el mexicano Gustavo Sánchez Parra) y Rosa (a la que da vida la colombiana Martina García) son una pareja de inmigrantes sudamericanos que trabajan en España, él como albañil y ella como ama de casa interna. Todo parece idílico hasta que descubrimos que José María tiene un carácter extremadamente violento que le lleva a un enfrentamiento físico con su capataz tras burlarse de él y menospreciar a Rosa. El desafortunado episodio culmina con la muerte involuntaria de su jefe, provocando que José María se vea obligado a esconderse. Y para colmo lo hace en la mansión donde trabaja Rosa sin que nadie se entere, ni siquiera ella misma. A partir de aquí, la situación no hace más que empeorar…

Ya desde la presentación de “Rabia” uno es consciente del cariz que va a tomar la cinta: queda bastante claro que su protagonista hará cualquier cosa por defender a su novia, incluso matar por ella si la situación lo requiere. El principal defecto que veo es que, por muy buena interpretación que haga el actor Gustavo Sánchez Parra (con transformación física incluida), hay momentos en los que me cuesta solidarizarme con su tortuoso personaje, ni siquiera me transmite lástima a ratos porque sus acciones no son justificables para mí. Si bien por un lado puedo comprenderle perfectamente (de hecho, comparto ese sentimiento incontrolable que tiene de matar con el personaje que interpreta convincentemente Álex Brendemuhl, porque lo que este tiparraco le hace a su novia en la ficción merece el mayor de los castigos); pero por otro, como nunca me he visto en ese tipo de situaciones (me resultan muy lejanas de hecho), no sabría como actuaría en su lugar, y quizás debido a eso me resulta un pelín desproporcionado que ponga fin a sus problemas con esa violencia desmedida. Desconozco si la intención del director es lograr que te repugne el personaje de José María o que entiendas lo que hace y por qué lo hace. Es que una cosa es entenderlo en la ficción y otra muy distinta en la vida real…

El guión me parece un poco maniqueo y tramposo, y para explicarlo saco de nuevo a colación lo que dije en el párrafo previo: bajo mi punto de vista, el comportamiento atroz de José María parece estar justificado porque él está protegiendo a su amada de las vejaciones que sufre por parte de los demás que se portan mal con ella; ¡pero es que tampoco podemos olvidar que el propio José María no es un santo, ya que se toma la justicia por su mano y se convierte en un asesino en toda regla! A lo que me refiero es que ni unos son tan buenos ni otros tan malos como a veces parece que se quiere demostrar. Y repito, si esa no era la intención del director, un servidor lo interpretó así…

Sin embargo debo resaltar que se recrean acertadamente los momentos angustiosos y desesperantes (la escena de la fumigación en la mansión con José María dentro es un buen ejemplo de ello). Además, la fotografía capta de forma idónea la atmósfera claustrofóbica en la que vive el protagonista. Las interpretaciones también están muy logradas, destacando a Concha Velasco como dueña del caserón.

Concluyendo, la película podría haber llegado a más si sus protagonistas tuviesen más matices, a veces los secundarios aportan mucho más que ellos y eso que la presencia de algunos es poco relevante (como el innecesario personaje de Icíar Bollaín). A medida que avanza el metraje, el suspense va perdiendo fuelle y todo se queda a la mitad de lo que podría haber sido...

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